Herencia de Testigos en el Mundo

Marcelino nos dejó una herencia. No basta conservarla. Hay que actualizarla y refundar continuamente el Instituto para dar las respuestas a los problemas de hoy desde la óptica de Champagnat. El H. Benito nos recuerda en su circular: “Caminad en paz, pero de prisa”: “Refundar es reorientar efectivamente el Instituto en la línea de las intuiciones e intenciones que tuvo el Fundador en los orígenes de la Congregación”.

En Marcelino, existe la profunda convicción del valor de la vocación del hermano: “¡Qué importante es su tarea! ¡Qué sublime!”, escribe al H. Bartolomé. En cada época histórica hay que leer los signos de los tiempos para descubrir la manera de comunicar a los jóvenes el amor de Dios y liberarlos de los problemas que los atenazan y les impiden alcanzar su plenitud. Hoy, tal como está el mundo de la infancia y de la juventud, ser Marista, hermano o seglar, es posible, vale la pena serlo y consagrar a ello toda la vida”. Así lo comprenden muchas personas que, al actualizar las intuiciones de Marcelino, están refundando el Instituto marista.

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Desplazados a la periferia y a los lugares de frontera

Las Constituciones dicen: “Vamos al encuentro de los jóvenes allí donde están. Somos audaces para penetrar en ambientes quizás inexplorados, donde la espera de Cristo se manifiesta en la pobreza material y espiritual”. Los seguidores de Marcelino precisamos la audacia para vivir en lugares de frontera donde la presencia del evangelio no resulta fácilmente accesible a los jóvenes. En muchos lugares del Instituto, se está realizando un discernimiento para detectar las necesidades profundas del mundo juvenil. Las nuevas presencias se realizan de acuerdo con estos criterios. Los hermanos compartimos con los seglares estas preocupaciones y realizamos conjuntamente esta tarea.

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Distancia entre los sueños y la realidad

Los hermanos somos conscientes de nuestras limitaciones: obras que no tienen como atención preferente a los pobres, carencia de vocaciones en algunos países, dificultad de intervenir en el mundo juvenil, insuficiente inculturación de algunas comunidades, relaciones no bastante ajustadas con los seglares, falta de pasión por el evangelio y el Reino de Dios, la llamada a construir y vivir otro estilo comunitario... La realidad nos recuerda la distancia que existe respecto de nuestros sueños. Si éste fuera nuestro único punto de referencia, cundiría el desánimo. Nos formulamos la misma pregunta que María: “¿Cómo será esto realidad?”. La respuesta del ángel conserva toda su validez: “Lo que es imposible a los hombres, es posible para Dios”. No ver la distancia entre el sueño y la realidad sería cerrar los ojos e instalarnos en el conformismo. Desesperarnos significaría dejar de confiar en la fuerza y el poder del Señor. Esforzarse por dar pasos concretos en la línea del carisma de Marcelino es nuestro reto y nuestra responsabilidad.


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